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The Crazy Travel
Bicicleta cargada apoyada en la mediana de una carretera entre montañas rocosas de Uzbekistán
UzbekistánDía 572 · N 41.3° E 64.5°

«¿Una tienda? ¡Pero si tenemos una casa!»: un mes de ilegales por Uzbekistán

Pablo//12 min

Anochece en algún punto de Uzbekistán y estamos llamando a la puerta de unos desconocidos. Otra vez.

El guion me lo sabía de memoria:

—¡Hola! Vamos en bicicleta y no encontramos dónde montar la tienda. ¿Podríamos ponerla en vuestro patio?

Y la respuesta, una noche tras otra durante casi un mes, fue siempre una variante de la misma:

—¿Una tienda? ¡Pero si tenemos una casa! Pasad.

Así cruzamos Uzbekistán: de patio en patio, cenando y durmiendo casi cada noche con una familia distinta que una hora antes no sabía ni que existíamos.

Solo había una pega: casi ninguna de aquellas noches era legal.

En 2015, Uzbekistán era un estado policial de los de manual, y sus normas para el turista no dejaban lugar a dudas. Tardé años en entender para qué estaban de verdad aquellas normas: no para cumplirse, sino para ponerle precio a pillarte. La vida real, ya veréis, iba por otro lado.

El país de los papelitos

Veníamos del sprint de cinco días por Turkmenistán, así que un visado de 30 días —sacado en Teherán, como casi todos los de Asia Central— nos parecía un lujo: de la frontera a Bujara; de ahí Samarcanda, el paso de Kamchik y el valle de Fergana, hasta salir a Kirguistán por la esquina norte del valle.

A Taskent ni nos asomamos. Nada personal: la policía invitaba poco, y Samarcanda, Bujara y el valle prometían bastante más que una capital. Eso sí, hasta las madrasas de Samarcanda y Bujara las vimos desde fuera, sin entrar. Nuestros monumentos eran otros.

El Registán de Samarcanda, visto como lo vimos todo: desde fuera.

Hace diez años, escribiendo desde Chengdu, a este tramo lo llamé «la maratón evitando a la policía por falta de registros en hoteles». Os debía la historia.

La norma decía así: el turista duerme cada noche en un hotel autorizado, y cada hotel le entrega un resguardo con su sello. Su registro. Al salir del país te pueden pedir la colección entera, noche por noche.

Entre viajeros circulaba la versión fina: que en realidad solo tenías que registrarte si pasabas más de 72 horas en una misma ciudad, siempre que pudieras demostrarlo. Y que dos bicicletas cargadas eran la prueba andante: nadie que cruza un país a pedales puede dormir en un hotel cada noche.

¿Y si te paraban sin papelitos? Ahí la cosa se ponía seria: te podían llevar a un interrogatorio de la policía secreta —cosa de días, contaban—, despedirte con una multa de unos mil dólares de la época y, si no la podías pagar, deportarte.

Mi plan tenía una solidez jurídica tremenda: que no me pillaran. Y si en la frontera de salida la cosa se torcía, tampoco pasaba nada por que me deportaran: me iban a deportar al país al que ya iba.

La norma nos daba 72 horas para el primer registro, y las apuramos enteras. La primera noche acampamos en el campo de cultivo de alguien con otros ciclistas que rodaban la misma carretera: cena compartida, algo de beber y las tiendas en fila entre los surcos. Una de esas noches buenas de carretera.

La segunda ya estábamos cenando en casa de una familia que nos recogió al vernos pasar. Y la familia se tomó lo de nuestro registro como asunto propio: intentaron colarnos en algún hotel gratis o por cuatro perras, solo por el sello. Los hoteles no picaron.

Así que al tercer día, en Bujara, pagamos 16 dólares por un hotel con desayuno, sello incluido — y, de paso, una noche para nosotros solos.

Fue el único resguardo de todo el mes.

Con el dinero, más teatro. Al entrar declarabas por escrito hasta el último dólar, porque estaba prohibido sacar del país más divisas de las que habías metido. Y luego estaba el cambio: el oficial y el mercado negro de la calle, que pagaba casi el doble. Por 100 dólares te daban 445.000 soms de entonces, en billetes de mil: 445 billetes, que acabaron embutidos en el bolso del manillar. A partir de ahí, abrirlo sin que saliera dinero volando era una maniobra de precisión. Los billetes pequeños, además, cotizaban peor: hasta el mercado negro tenía sus normas.

Cien dólares, al cambio de la calle: 445 billetes de mil. La goma iba incluida.

Mi detalle favorito: internet se anunciaba en dólares al cambio oficial, así que el paquete de 10 dólares costaba 6 si lo pagabas con soms de la calle. Hasta los megas tenían precio oficial y precio de verdad.

Y la joya: la tarjeta SIM costaba 2.000 soms, pero si la comprabas tú, extranjero, quedaba ligada a tu registro de hotel: se acababa tu reserva y se te moría la SIM. La solución, la de casi todo en Uzbekistán: pedírselo a un local.

Registro, declaración, doble cambio, SIM con correa: todo el papeleo del país venía a preguntar lo mismo — dónde estás y cuánto llevas encima.

«Hello, hello»

Quedaban los controles de policía, que en Uzbekistán son muchos y muy seguidos. En cada uno, un agente me veía llegar y me hacía la señal de parar.

Y yo saludaba.

—¡Hello, hello!

Y seguía pedaleando, con mi mejor cara de no enterarme de nada. Ellos gesticulaban más fuerte; yo saludaba más fuerte. Nunca vino nadie detrás. Creo que en ningún manual ponía qué hacer con un guiri en bicicleta que responde al alto con un saludo.

«¿Para qué queréis una tienda?»

Lo de «no encontramos dónde montar la tienda» no era ningún truco: era verdad. Uzbekistán es llano, abierto y cultivado hasta el último palmo; no hay dónde esconder una tienda de campaña. Y que la policía nos encontrara acampando era exactamente la conversación que yo no quería tener.

Anochecer en Uzbekistán: llano, abierto y ni un escondite para la tienda.

Las casas, en cambio, estaban hechas para lo contrario: casi todas iguales, un cuadrado de tapia con su patio dentro. Llamábamos a una puerta cualquiera, soltábamos el guion, y a partir de ahí la noche se organizaba sola: té, cena con la familia al completo alrededor, sobremesa larga con Ilze haciendo de intérprete de ruso, y por la mañana vuelta a la carretera. En casi un mes, la tienda salió de las alforjas tres noches —la de los ciclistas, una en mitad de la nada y otra a media subida del Kamchik—. Todas las demás las dormimos dentro de una casa.

Una de las familias que nos abrieron la puerta. Todos los de la foto, bajo el mismo techo.

Por el camino, sandías, tomates y uvas de regalo en cualquier puesto, y pan patir recién hecho, hojaldrado como un cruasán. Y solos, lo que se dice solos, no estuvimos ni un momento: el uzbeko medio viene con una curiosidad de serie que no le deja dejarte en paz. Para nuestra suerte.

Sandía a bordo, otra vez. Por el camino no dejaban que las pagáramos.

Para entonces los labios ya los llevábamos cuarteados —sol, viento y arena desde Turkmenistán—. Pero el mal serio de Asia Central se servía en vaso: leche recién ordeñada, sin pasteurizar, en cada casa y sin preguntar. A un estómago europeo le sentaba como una declaración de guerra.

Unos ciclistas argentinos que venían en sentido contrario nos lo habían profetizado entre risas, hablando del papel higiénico de la región: áspero como una lija cuando existía, periódico cuando no. Unas semanas después, la broma era un parte médico: todos los viajeros que nos cruzamos aquel verano iban de diarrea en diarrea, y la región te esperaba con casetas de un metro cuadrado, su agujero en el suelo y su papel de lija dentro.

Hicimos dos reformas: papel del bueno en cuanto asomaba en una tienda, y decirle que no a la leche, a la mantequilla y al queso fresco, por mucho cariño que viniera detrás. Ya nos sabíamos la historia.

De aquellas sobremesas salía el país que no venía en las normas: que en tiempos soviéticos había fábricas y los de abajo vivían mejor; que muchos críos no iban a la escuela porque a los padres no les llegaba para pagar el transporte y las comidas. Nada de esto lo comprobé: es la versión de la gente que nos sentaba a su mesa. A mí me valió entonces y me vale ahora.

Una de aquellas mesas: té, pan y la fruta de la parra de encima.

Una de esas noches, la invitación vino con sorpresa: el funeral de un vecino, al que me llevaron a mí con los hombres. Mi papel lo entendí enseguida: presentarse con el extranjero subía el estatus de la casa delante del pueblo entero. Las mujeres llevaban cocinando desde las cuatro de la madrugada; los hombres iban ya de vodka a las seis.

Gran manera de empezar el día.

Los dos ciclistas de Fergana

Ya en el valle de Fergana, un coche nos adelantó, frenó, y de dentro salieron dos hombres mayores sonriendo como si nos conocieran de toda la vida.

Y en cierto modo nos conocían: muchos años atrás habían cruzado Irán —de donde veníamos nosotros— con bicicletas de las de toda la vida y lo justo encima, durmiendo cada noche en la mezquita que quisiera acogerlos. Sabían perfectamente lo que era llegar a una puerta al anochecer. Ver pasar dos bicis cargadas les había alegrado el día.

Nos invitaron a su casa, por supuesto. Su casa estaba a 80 kilómetros.

Era tarde y no llegábamos ni de broma, pero eso no los frenó: siguieron carretera adelante, pararon en un restaurante y dejaron encargado que nos dieran de cenar y un sitio donde dormir. Luego volvieron sobre sus pasos solo para explicarnos dónde parar, qué decir y cómo llegar a su casa al día siguiente.

A la mañana siguiente nos los volvimos a encontrar a mitad de camino: habían salido con el coche a buscarnos. No fuéramos a escaparnos.

Una esposa malísima

En su casa nos quedamos un par de días, y fueron a partes iguales un cachondeo y un motivo de cabreo. Sobre todo para Ilze.

El anfitrión era un hombre muy convencido de todas sus opiniones, un rasgo que en Uzbekistán no escasea. A las mujeres de la casa apenas llegamos a verlas: aparecían con una bandeja, la dejaban y desaparecían.

La conversación iba en ruso, así que Ilze traducía. Y el hombre, en vez de preguntarle a ella qué pensaba de las cosas, le preguntaba qué pensaba su marido —casados nos habían hecho ellos solos; nosotros, si alguien preguntaba, les seguíamos la corriente—.

—¿Y tu marido qué opina de esto?

Hasta que Ilze estalló:

—¡Puedes preguntarme a mí! ¡Soy yo la que está hablando contigo!

El cuarto que nos dieron era enorme, con una cama en el suelo en una esquina y otra cama en la esquina opuesta. Y una advertencia muy seria: en Uzbekistán los invitados no pueden tener sexo en casa ajena. Está muy mal. Tomamos nota con toda la seriedad que pudimos.

Como íbamos a quedarnos dos días, tocaba lavar ropa. Preguntamos dónde, nos enseñaron un cuarto con agua corriente y una encimera de piedra para frotar, y allá que nos pusimos los dos, cada uno con lo suyo. Al rato empezó el desfile: mujeres asomándose por la puerta, mirando y esfumándose. El extranjero lavando sus propios calcetines: el espectáculo de la semana.

Por la noche, el anfitrión se puso solemne con Ilze:

—Tengo que decirte una cosa. Eres una esposa muy mala.

—¿¿Perdona??

—¡Haces que tu marido se lave su ropa!

—¿Y por qué no iba a lavársela él? Y además, ¡en mi país esto lo hace una lavadora!

No consta que le hiciéramos cambiar de opinión. A Ilze la ofensa le duró un buen rato.

La frontera pequeña

Para salir del país no fuimos al paso fronterizo principal, el de Osh, en la otra punta del valle: salimos por Uchkurgan, un paso pequeño en la esquina norte, de poco tráfico, donde los controles se toman la vida con más calma. Acerté.

Y encima tuvimos suerte. Mientras cruzábamos llegó un 4x4 con pinta de expedición —¿británicos? europeos; diez años después ya ni idea—, y ni ellos hablaban ruso ni los funcionarios otra cosa. Ilze acabó de intérprete oficial del puesto, y de repente éramos los extranjeros favoritos de la frontera.

Después vino lo serio: el dinero. No podías sacar más divisas de las que habías declarado al entrar, así que declaré que me lo había gastado absolutamente todo. Mentira. Los billetes viajaban bien escondidos. El funcionario, lejos de sospechar, nos felicitó por habérnoslo gastado todo en su país.

Y por último, los papelitos de los hoteles. No había papelitos.

—¿Dónde habéis dormido?

—En nuestra tienda.

Se lo pensaron un momento y decidieron que a dos extranjeros sin un dólar encima no había multa que cobrarles ni nada que discutirles. Sello, y a Kirguistán.

Al otro lado, los últimos 100.000 soms uzbekos se convirtieron en 1.300 soms kirguises. De som a som, como quien no quiere la cosa.

Aunque diez años después, las cosas como son: esquivar a aquella policía era fácil con un pasaporte europeo en el bolsillo, cuando lo peor que me podía pasar era que me mandaran al país al que ya iba. Para la gente de los patios aquello no era un juego de un mes. Era su país.

Lo que me queda de Uzbekistán no son los controles ni el miedo a la multa: son los patios. La tetera, el hueco en la mesa, la familia entera mirándote comer, el guion de cada anochecer, que todavía me sé de memoria.

El Estado nunca llegó a saber dónde dormíamos. Su gente lo supo todas y cada una de las noches.

Y si algún día cruzáis Uzbekistán con una tienda en las alforjas, ya sabéis lo que os van a contestar en la primera puerta que llaméis:

—¿Una tienda? ¡Pero si tenemos una casa! ¡Pasad para dentro!

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#hospitalidad#cicloturismo#policía

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