En el mundo quedan dos países estalinistas de verdad, dos cápsulas del tiempo con culto al líder incluido: Corea del Norte y Turkmenistán.
A uno solo se entra con guía y correa. El otro te da un visado de tránsito de cinco días, te suelta en mitad del desierto y te desea suerte.
Nosotros elegimos el que se puede cruzar en bicicleta.
Cinco días de visado son cuatro días reales sobre la bici, contando entrar y salir. Ciento veinte, ciento treinta kilómetros diarios, viento de cara —siempre de cara— y un sol que derretía el asfalto donde lo había.
Sobre el papel, una paliza.
En la práctica, uno de los tramos que más he disfrutado de toda la vuelta al mundo en bicicleta. Y no por el paisaje: por el país.
Turkmenistán es uno de los lugares más surrealistas que he pisado, y meterme hasta el fondo en un sitio que se rige por otra lógica es exactamente lo que salí a buscar.
Con los años he acabado pensando que no viajaba solo para ver sitios raros, sino para comprobar que eso que llamamos «normalidad» es un decorado que cada país se monta.
La frontera ya te avisa
Salimos de Irán después de dos meses y medio, y lo primero que hizo Turkmenistán fue mandarnos el viento a la cara nada más cruzar el puente. Ilze se puso a bailar: ¡por fin podía quitarse el pañuelo de la cabeza!
Ilze, deshaciéndose del pañuelo nada más cruzar la frontera.
Lo segundo fue el teatro de la aduana. Un médico nos tomó la temperatura con un termómetro sin contacto y la anotó en una tabla, junto a los datos del pasaporte.
Nunca entendí qué buscaban, ni si al salir volverían a medirnos para comprobar que no me había subido la fiebre por encima del límite reglamentario.
Pagamos doce dólares «al banco», declaramos por escrito hasta el último billete que llevábamos encima y metimos las bicis pedaleando rampa arriba, hasta dentro del edificio.
La última funcionaria, en un inglés impecable, nos interrogó:
—¿Lleváis algo ilegal? ¿Drogas, un AK-47?
—No.
—¿Y debería fiarme de vosotros?
—Sí.
—Vale.
Eran las 10:20 de la mañana. Estábamos dentro.
Cuatro días de viento de cara
La ruta no la eliges tú: la marca el visado. La nuestra iba de Sarakhs a la frontera con Uzbekistán pasando por Mary, lejos de Asjabad y del cráter de Darvaza.
Turkmenistán es un desierto, pero lo primero que sorprende es lo verde que está: una red de canales reparte el agua y les deja cultivar casi en cualquier parte.
Lo segundo es el estado de las carreteras. Llamarlas carreteras es un halago: baches, polvo y piedras, en ese orden.
El primer día ya se nos habían roto dos huevos dentro de las alforjas, después de meses cargándolos sin un rasguño.
La primera noche la pasé sudando dentro de la tienda, esperando un fresco que no llegó hasta las dos de la madrugada.
Comprábamos melones y sandías, a un manat —la moneda local, unos 25 céntimos de entonces—, a vendedores tapados de arriba abajo, la cara incluida, con dos agujeros para los ojos.
Comíamos a la sombra del primer árbol que aparecía y volvíamos a pelear contra el viento, que no aflojaba nunca.
Cuando podía más que nosotros, hacíamos autostop a los camiones sin bajarnos de la bici: los veíamos crecer en el retrovisor y les hacíamos señas.
Por la cuneta, camellos pastando como si tal cosa.
Sandía a bordo. Al fondo, los camellos de siempre.
Todo el mundo tiene los dientes de oro. Y nadie te pregunta la edad: te preguntan el año en que naciste.
—¿Año?
—Veintisiete.
—Año, año.
Los precios eran un jeroglífico, porque la gente seguía calculando de cabeza con una moneda vieja que valía cinco mil veces menos: pregunté por la compra, me marcaron 31 en la calculadora y acabé pagando 6 manat. Hasta me hicieron descuento en billetes que ya no existían.
Después de dos meses y medio en el Irán del pañuelo obligatorio, las turcomanas eran otro planeta: vestidos largos y rectos, de colores, y muchas con un tocado tieso que les sujetaba el pelo en vertical sobre la cabeza.
A todo el mundo le daba por preguntar si estábamos casados; el día que Ilze se cansó de mentir y dijo que no, le cayó una ronda de preguntas de lo más graciosas: ¿vais a dormir juntos en la tienda? ¿y no te hará nada?
Y luego estaban las fotos. En cada parada, la gente se arremolinaba para retratarnos: con gafas, sin gafas, abrazándonos, subidos a la bici, sujetando la bici.
Nos sentíamos como monos de feria, pero de los bien pagados: cada sesión terminaba con los bidones llenos de agua fría para seguir tirando hacia el desierto.
«Turkmenistán es genial»
El culto al líder, en dorado. La estatua es literal.
Nosotros somos de interrogar. En cada país, a cualquiera que chapurreara inglés o ruso lo freíamos a preguntas: cómo funciona esto, quién manda, qué se puede y qué no.
En Turkmenistán la cosecha fue histórica —un chaval que había estudiado en Turquía y nos invitó a helado y zumo de granada, varios camioneros, una pareja rusa de origen tártaro—.
De esas conversaciones salió una especie de manual no oficial del país. No lo he comprobado, no puedo, y parte huele a leyenda urbana. Pero es el Turkmenistán que te cuentan los propios turcomanos cuando les tiras de la lengua, y esa versión ya dice bastante:
- «Turkmenistán es genial» no es una opinión, es el lema oficial. Literal. Y la única tele nacional se dedica a repetirlo: gente explicando lo bien que está todo. El que puede, ve la turca o la rusa por satélite.
- Al presidente lo llaman Voldemort. En voz baja, porque hablar mal de él o del país es delito. Cuando hace falta distinguir, dicen «el viejo Voldemort» o «el nuevo».
- En Turkmenistán no hay enfermedades. Si caes malo, vas al médico y te mandan a casa con vitaminas. Enfermo no puedes estar: aquí la salud es perfecta.
- Prohibido tener un coche de más de cinco años, y prohibidos los cristales tintados. Las carreteras dan ganas de llorar, pero todos estrenan coche: no vaya a parecer el país menos moderno de lo que presume.
- El presidente viejo escribió un «libro sagrado» sobre la grandeza de Turkmenistán y la suya propia. Era de estudio obligatorio en las escuelas. El nuevo escribe sobre plantas medicinales. Geografía e historia del mundo, en cambio, mejor no saber.
- Nadie baja del 4 en el colegio. No porque hayan resuelto la educación, sino porque han resuelto la estadística.
- Casi todo se paga con soborno: la guardería, el carnet de conducir, la universidad. Sesenta mil dólares en sobornos para entrar en la carrera, según ellos.
- El día que el presidente visita una ciudad, la gente forma pasillos humanos para recibirlo y friegan con jabón las avenidas por las que va a pasar.
- El presidente nuevo se cayó una vez del caballo. La solución fue confiscar los móviles y las cámaras de todos los presentes para borrar las pruebas. Oficialmente, el presidente no se cae.
Podría seguir —el melón tiene su propio día festivo, a las niñas las obligan a llevar cierto tocado al colegio porque a un presidente le hizo gracia, los opositores «desaparecieron de la faz de la tierra»—, pero ya lo pilláis.
Y en el fondo lo más turcomano no era ninguna rareza suelta, sino la lógica común detrás de todas: no importaba que algo funcionara, importaba que pareciera funcionar.
Barriendo la avenida: aquí lo que importa es que parezca que funciona.
Carreteras destrozadas, pero coches nuevos. Médicos inútiles, pero un país sin enfermedades. Colegios sin suspensos, pero alumnos a los que no dejan estudiar historia del mundo. Todo escaparate. Y detrás del escaparate, polvo, sobornos y gente normal intentando vivir.
La gente no es el régimen
Y sin embargo.
Detrás de todo ese disparate, los turcomanos fueron de lo más generoso que nos cruzamos en todo el viaje. Paramos a comprar un par de tomates y acabamos con cuatro en la mano y el dinero de vuelta —allí no hay cambio pequeño; se compra por cubos, no al peso—.
Un vendedor nos paró en plena carretera solo para regalarnos una sandía que cargar encima de unas alforjas ya de por sí hasta arriba. Nos la comimos entera esa misma tarde, a la sombra de los árboles de un motel de carretera; Ilze quedó tan llena que no podía ni moverse.
Camioneros que frenaban únicamente para darnos agua fría en pleno horno. El chaval de Turquía que nos sentó a la sombra con un helado y un zumo de granada por pura curiosidad, por hablar con dos extranjeros en bici.
La gente, que no es su gobierno.
Ya lo escribí sobre Irán: el pueblo no es su gobierno. En pocos sitios se ve tan claro como aquí.
Puedes vivir en el país más cerrado y vigilado del mundo y, aun así, abrirle la puerta a dos desconocidos que pasan pedaleando.
Diez años después no recuerdo cuántos pinchazos tuvimos ni dónde dormimos cada noche. Pero sí recuerdo la sensación de pedalear por un país donde todo parecía una broma oficial de la que nadie podía reírse en voz alta.
Cruzamos Turkmenistán agotados, quemados y con el viento de cara los cuatro días. Y lo repetiría mañana, aunque es fácil decirlo cuando tu relación con una dictadura dura cinco días y termina en una frontera de salida marcada en el mapa.
Hay quien dice que a países así no se debería viajar. Yo no pienso decirle a nadie que no vaya: las dictaduras me fascinan, y prefiero entrar con la mente abierta, mirarlo todo y contar luego bien alto lo bueno y lo disparatado.
Turkmenistán es genial. Al menos eso dicen.



