Nos casamos en Armenia

¡Estamos casados! O eso es lo que comenzamos a responder en Armenia, dada la insistencia del pueblo armenio por llevarnos a la Iglesia. Eso de ser hombre y mujer, viajar y vivir juntos, y no estar casados, es demasiado para ellos; así que llegó un momento en el que decidimos zanjar la discusión y decir el sí quiero. O decirles que lo habíamos dicho.

Pero claro, si estamos casados… ¿por qué no tenemos hijos? ¿a qué estamos esperando? Habrá que ponerse las pilas o decirles que los dejamos en casa con los padres, que parece que eso tiene más sentido para ellos que el no tenerlos.

Pero, regresando al comienzo, nuestra bienvenida a Armenia se redujo a una pregunta: ¿has estado en Azerbaiyán?

Llegamos a la frontera armenia tras un merecido parón invernal en Tiflis, Georgia. El guarda, situado en la caseta del control fronterizo, me dio la bienvenida con una sonrisa y un buen nivel de inglés. Rezumaba simpatía mientras me preguntaba por nuestro viaje en bicicleta, pero al responderle que llevábamos más de un año de viaje su sonrisa se esfumó y me preguntó muy seriamente: ¿Azerbaiyán?

Armenia y su vecino Azerbaiyán se encuentran en guerra. No una de esas guerras que aparecen en los telediarios, pero una guerra fría que se calienta cada poco. Ambos países dedican un elevado porcentaje de sus presupuestos a sus fuerzas militares, y la situación no es como para tomársela a broma.

No, no hemos estado en Azerbaiyán. Mi respuesta, pese a tajante, no debió de convencerle; ya que revisó una a una todas las páginas de mi pasaporte. Más relajado, puso el sello de entrada en Armenia -que nos permite pasar 180 días en el país sin necesidad de trámites ni visados-. Una comodidad a la que estamos acostumbrados en Europa, pero que pronto desaparecería cuando nos adentráramos en Asia Central y sus horrores burocráticos.

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El Cáucaso -formado por Georgia, Armenia y Azerbaiyán- es coloquialmente llamado el balcón de Europa sobre el continente asiático. Pero tras varios meses en esas tierras no puedo decir que me sintiera en Europa, salvo que hablemos de una Europa soviética anclada en el pasado y aislada en el presente, y aquello tiene más de Asia que de Europa.

Hospitalidad armenia

Durmiendo en una gasolinera

Continuamos pedaleando junto a un río, con preciosas vistas de las montañas. Una zona muy verde de Armenia; pero cuando hay verde, hay lluvia. Un par de horas después de cruzar la frontera comenzó a llover, y la noche estaba a punto de echársenos encima.

Paramos en la primera gasolinera que vimos a cobijarnos de la lluvia, y los trabajadores de la misma no tardaron en invitarnos dentro a tomar un café con ellos. Esta hospitalidad y cercanía de la gente nos recordó a la experimentada en Turquía.

Minutos más tarde ya nos estaban invitando a dormir allí mismo. Y, dado que las nubes cubrían el cielo, decidimos aceptar su oferta y pasar la noche en el lavacoches sin necesidad de hacer uso de nuestra tienda de campaña. Otra noche que evitábamos despertarnos con una tienda empapada.

El invierno que no termina

Pedaleando con nieve en Armenia

Parece que a este invierno aún le quedaban unas cuantas sorpresas, especialmente cuando fuimos adentrándonos en las montañas armenias.

La lluvia tornó en tormenta de nieve -otra vez, como en Turquía- y acabamos en mitad de ninguna parte sin poder continuar. De nuevo, la hospitalidad armenia salió al paso para acogernos 2 noches en otra gasolinera, donde nos aburrimos como ostras al no tener nada que hacer, pero que nos salvó de pasar 2 días confinados en la tienda de campaña o pedaleando contra un interminable temporal blanco.

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Una noche con los bomberos

Una noche con los bomberos

Nuestro pedaleo nos llevó hasta Vanadzor, donde hicimos la primera compra en Armenia para afrontar el resto de nuestro rumbo hacia Ereván. El precio de los alimentos en las tiendas armenias nos pareció ligeramente inferior al que nos habíamos encontrado en Georgia, productos locales bastante baratos y el resto de productos -importados desde Europa- más caros que en los supermercados españoles pero más baratos que en el país vecino, donde la caída del dólar -fuertemente ligada a la moneda y economía georgiana- afectó con especial dureza.

Comenzamos a salir de la ciudad, pero ya se estaba haciendo de noche y comenzaba a chispear, por lo que al pasar junto a un cuartel de bomberos no se nos ocurrió nada mejor que preguntar si podíamos pasar la noche con ellos.

No tardaron mucho en abrir las puertas e invitarnos a tomar té con ellos. El té se convirtió en cena. De la cena pasamos al vodka… Pero tras previas experiencias en Georgia preferí rechazar el ofrecimiento de beber, ya que se que en el Cáucaso cuando empiezas a beber no se puede parar.

El ofrecimiento de beber continuó cada vez que un nuevo bombero se sentaba a la mesa, y fue entonces cuando metí la pata. Uno de ellos me ofreció probar la cerveza local, y aquello tentaba más. Acepté a tomar una.

Cerveza y coñac

Bombero armenio

Pensaba que la iba a sacar de la nevera, pero nos dijo que nos pusiéramos algo de abrigo. Pensé que íbamos a una tienda, pero acabamos en una cervecería. Una vez allí nos dirigimos derechos a un cuartito “VIP”, muy curioso. En Armenia es común tener habitaciones separadas para cada mesa en los bares locales, un pequeño extra de privacidad y confort. Pero a nuestros ojos aquello parecía una casa más que un establecimiento.

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Allí nos fueron trayendo cervezas y algunos aperitivos locales. Una cerveza, dos, tres, cuatro… Nos llamó la atención el queso armenio. Pega de maravilla con la cerveza, un queso duro y muy salado, formado por fideos de queso enrollados entre sí que fueron desapareciendo de la mesa entre cervezas.

¿Has probado el coñac armenio?

No, no lo he probado.

¡Tienes que probarlo! ¡es el mejor del mundo!

Oh, no, no… Gracias.

Ya de vuelta en el cuartel de bomberos una botella de coñac apareció -como por arte de magia- encima de la mesa, y no la abandonamos hasta que la terminamos entre un bombero y yo. Este es el inconveniente de beber con gente local en Armenia, que no se para hasta que todos están por los suelos.

Armenia es muy tradicional

Una mujer bombero en Armenia

Entre cervezas y chupitos charlamos de todo un poco, repitiendo aquellas preguntas habituales. Pero la mayor diferencia en cuanto al rumbo que fue tomando la conversación fue el que nos implicaba a Ilze y a mi.

¿Estáis casados?

No.

¿¿¿No???

No.

¿Qué edad tenéis?

27 y 31 años.

¿Ella es 31 y aún no tiene hijos?

Correcto.

¡Tenéis que casaros ya! Que va a ser muy tarde sino. Mírame a mi, tengo 25 y tengo 2 hijos.

Felicidades…

Hoy mismo llamo al cura para que prepare la boda mañana.

No, no…

¡Qué tenéis que casaros! ¡Tenéis que tener hijos cuanto antes!

Infinidad de conversaciones con gente local en Armenia fueron así, no sólo aquella noche. Las mujeres en Armenia deben casarse, y deben tener hijos. Una mujer que no tiene marido y una amplia descendencia es un fracaso, o así es como lo ven ellos. Y así es como tratan a las mujeres. Una mujer puede tener una empresa exitosa, que si no tiene familia le van a tratar como una perdedora. Una cultura muy tradicional que resultó ser de facto más restrictiva para las mujeres que un país como Irán, donde la legalidad va más allá pero donde la sociedad tiene una visión mucho más moderna.

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Tras aquella noche decidimos empezar a decir que estábamos casados y evitarnos discusiones interminables, algo que ya íbamos a hacer en Irán pero que dada la insistencia armenia tuvimos que adelantar unas semanas. ¡Estamos casados!

Escalando de resaca y sin dormir

Montañas en Armenia con nieve

Aquella noche con los bomberos no fue una buena idea después de todo, acabamos yendo a dormir a las 4 de la madrugada, y con la cantidad de alcohol ingerido era imposible pegar ojo. El festival de ronquidos de la docena de bomberos durmiendo en sus literas, la luz y ruido de la televisión y el humo de los cigarrillos de los desvelados tampoco ayudaban. A las 6 era hora de levantarse, y de pedalear montaña arriba sin haber descansado.

Un día particularmente duro, pero tras un buen desayuno empecé a encontrar algunas de las energías que creía perdidas, y disfrutamos de una preciosa ascensión por las montañas, entre la nieve, con un sol radiante sobre nuestras cabezas.

Celebrando que estábamos casados sin necesidad de comprar un anillo u organizar una boda. ¡Olé!