La doble cara de Croacia

Croacia es uno de los últimos nuevos miembros de la Unión Europea, mundialmente conocido por su oferta turística: especialmente por sus playas.

Durante nuestro recorrido en bicicleta por los Balcanes, pasamos en dos ocasiones por tierras croatas. La primera atravesando Croacia Central, desde Eslovenia hasta Bosnia; y, la segunda, desde Bosnia hasta Montenegro por la costa, con escala en Dubrovnik.

El frente de batalla en bicicleta

Minas en Croacia

Cuando decidimos pedalear por la zona central de Croacia, en un intento de llegar cuanto antes a la frontera con Bosnia, no teníamos ni idea de dónde nos estábamos metiendo.

Había encontrado una serie de carreteras secundarias serpentegueando por bosques, sin pasar por ninguna ciudad, por las que confiaba que no encontraríamos mucho tráfico. Y así fue, tan poco tráfico que llegamos a pasar varias horas sin cruzarnos con un coche.

Aquellas antiguas carreteras nos llevaron a una zona totalmente distinta a la Croacia que ya conocíamos durante nuestra etapa haciendo autostop, nos metieron de lleno en uno de los frentes de batalla de la Guerra Croata.

Todo lo que nos rodeaba eran bosques, y más bosques. Pero estos no invitaban demasiado a adentrarse en ellos, ya que constantemente éramos recordados del peligro de minas con carteles al margen de la carretera.

De vez en cuando nos topamos con edificios en ruinas, bombardeados y llenos de boquetes y agujeros, signos de una guerra reciente que ha dejado cicatrices en el pueblo croata.

Pese a la preocupación, encontramos una zona sin carteles y un campo medianamente marcado donde decidimos que sería moderadamente seguro acampar.

La hospitalidad croata

Cycling through Croatian forests

Al día siguiente, minutos después de guardarlo todo en las alforjas y montarnos en las bicicletas, el cielo se cubrió y comenzó a llover.

Te gustará:
Historias de nuestros anfitriones de Warmshowers

Pedaleamos bajo la lluvia durante las siguientes horas, el diluvio iba in crescendo, y nuestra ropa se iba empapando a un ritmo exponencial.

Finalmente divisamos un pueblo grande, vimos el porche de una casa, y decidimos parar y cobijarnos de la lluvia confiando en que no nos echarían de allí, que nadie sería tan cruel de enviarnos de vuelta debajo del aguacero.

Eran las horas del mediodía, y la casa parecía vacía. Una hora más tarde una señora vino a preguntarnos qué hacíamos allí; y con una mezcla de ruso, alemán y signos le explicamos que estábamos viajando en bicicleta, que llovía mucho y estábamos refugiándonos debajo del tejadillo.

La señora nos dijo que su hijo vivía en esa casa, y que terminaba de trabajar pronto.

El dueño de la casa e hijo de la señora regresó y, tras vernos pasando frío con las bicicletas, no tardó en invitarnos al interior de su casa donde nos deleitó con conversación, comida casera y una ducha caliente.

Charlando con él descubrimos que este pueblo grande era una ciudad antes de la guerra, pero que la población que huyó de allí durante dicho periodo negro nunca regresó. Escuchamos con interés su vida e intereses, y disfrutamos del calor de su hogar y de la hospitalidad que nos ofreció.

Bien entrada la tarde decidimos continuar pedaleando un par de horas más. Todo estaba empapado, se nos hizo de noche y no encontrábamos un lugar donde poner la tienda de campaña. Seguimos pedaleando, cuesta arriba, mientras buscábamos con las linternas un campo apetecible.

Tras una larga búsqueda vimos un pequeño poblado y nos lanzamos directos a la primera casa, a pedir permiso para acampar en su jardín. La chica que vivía allí nos recibió encantada y nos ofreció un pedazo de césped donde poner la tienda, mientras nos cuestionaba preocupada si no íbamos a pasar mucho frío ahí afuera.

Te gustará:
El sentido de un viaje largo y barato en bicicleta

Desafortunadamente su perro no parecía tan contento con nuestra presencia, y pasó toda la noche ladrando, sin dejarnos descansar. A la mañana siguiente pasamos varias horas secando la tienda de campaña, la ropa y cocinando; y el perro debía estar tan agotado tras una larga noche de ladridos que ni se inmutó.

La Croacia más turística: Dubrovnik

Dubrovnik desde las alturas

Tras varias semanas en bicicleta por Bosnia regresamos a Croacia. A diferencia de nuestro previo recorrido por tierras croatas, en esta ocasión salíamos de zona de peligro en lugar de entrar en ella.

Este pedacito de Croacia entre Bosnia y Montenegro está tan desarrollado turísticamente que sus bosques están limpios y sin riesgo de minas, todo lo contrario que en Bosnia, por donde acabábamos de atravesar un sendero plagado de minas y boquetes de minas explotadas a medio metro de nuestra ruta.

Tras un largo descenso nos adentramos en el casco antiguo de Dubrovnik, si bien el callejeo con las bicicletas está bastante limitado dada la gran cantidad de escaleras y escalones que abarrotan la ciudad.

Dubrovnik es, sin lugar a dudas, una de las ciudades más bonitas de Europa. Unas horas por sus calles la metieron directamente en mi top europeo junto a Praga, Cracovia, Budapest, Edimburgo o Venecia.

Callejeando por Dubrovnik, Croacia

Hoteles, restaurantes, bares, tiendas de souvenirs… Dubrovnik vive del turismo. Desgraciadamente para nosotros, el sector turístico al que se enfocan no es el nuestro, y la única oferta gratuita de la ciudad son 20 minutos de acceso WIFI gratuito en la oficina de turismo.

En nuestro caso necesitábamos subir unas fotografías para una publicación. La necesidad hace la trampa, por lo que tras finalizar los primeros 20 minutos cambié la dirección MAC de mi portátil y disfruté de otro 20 minutos gratuitos, y de otros 20… Mientras aprovechábamos para recargar nuestros móviles, portátil y baterías en los enchufes de la oficina de turismo.

Te gustará:
Con la bici de Bayona al Pirineo navarro

Después, y a falta de alojamiento gratuito, encontramos un par de bancos -en una de las vías secundarias de acceso a la carretera- donde pasamos la noche, durmiendo con vistas de Dubrovnik desde las alturas.

Warmshowers en un camping croata

Croata miembro de Warmshowers

Había pasado un mes desde nuestra última experiencia con Warmshowers, y nos despertamos felices por el simple hecho de poder disfrutar de una ducha caliente al final del día.

Nuestra carretera nos llevó hacia Montenegro pasando por poblados, bosques y montañas. En medio de ninguna parte escuché un “Hello”, seguido de un “wait!”, y lo siguiente que vi fue una granada en mi dirección, y otra.

Uno de los vecinos nos estaba regalando deliciosas granadas, y nos las lanzaba para que las capturáramos al vuelo desde la carretera. “Thank you!” ¡Y qué ricas estaban! Las granadas más dulces que hemos comido hasta la fecha.

Finalmente llegamos al lugar de acampada del miembro de Warmshowers con el que había contactado, un hombre croata retirado que ha pasado buena parte de su vida en Canada. Nos recibió en calzoncillos y nos indicó donde podíamos poner la tienda de campaña y donde estaba la manguera para darnos una ducha.

Por un segundo no pudimos ocultar nuestra cara de desilusión, llevábamos cuatro días pedaleando por Bosnia y Croacia contando con esta ducha. Y resulta que un miembro de Warmshowers no tenía ducha caliente, irónico. En cualquier caso, disfrutamos de la manguera y nos dimos un buen remojo, pese a que hacía bastante fresco a aquella hora.

Despidiéndonos de Croacia

Puesta de sol en Croacia

Y allí pasamos nuestro último día en Croacia: en mitad de un bosque, disfrutando de un precioso atardecer, charlando con nuestro anfitrión croata-canadiense en calzoncillos, compartiendo un vino local y remojándonos con una manguera.